Maquiavelo, perdido en la Argentina

El fanatismo produjo miedo y también esos discursos descuajeringados y esas propuestas locas pronunciadas por extáticos profetas de lo imposible, murgas vociferantes que no temieron hablar sin ningún fundamento. Miedo a la demencia de promesas sin bases, gritoneadas, y cantadas como si la vida pública y política fuera una imitación de la vida en las tribunas fanáticas del fútbol.

Pero también hubo y hay miedo a la inseguridad, a la economía desfondada, a la continuidad del clientelismo y de la gran billetera del Estado, temida por su desmesura y arbitrariedad y aguardada con ansiedad por millones que viven al día y rehenes entonces de ese dinero que brota del distribucionismo histórico.

Maquiavelo estaría acertado pero en simultáneo se sentiría perdido en la Argentina. Hay algo que no se olvida nunca: “Los seres humanos olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”, aseveraba.

¿Es así? En la Argentina, hasta la brújula perenne de Maquiavelo exhibe excepciones. El patrimonio se horada y hunde con la inflación. Pero de pronto parece que se olvida. ¡Todo es tan insólito en éstas playas!

El eminente pensador florentino tiene un trono invisible pero patente en la Argentina, pero es un trono singular. La mayor parte de sus tesis se cumplen aquí, pero otras, no necesariamente. Olvidamos, parece a la inflación y vamos para adelante con lo mismo, con inflación y todo.

La base del pensamiento de Maquiavelo arraiga en la escisión de la ética respecto de la política. Fue honesto intelectualmente en ese punto: el moralismo político no se conjuga con la realidad de los gobiernos.

Maquiavelo consideraba que un príncipe nunca carece de razones legítimas para romper sus promesas, y postulaba que el que engaña encontrará siempre quien se deja engañar y aseguraba que todos perciben lo que se aparenta ser y que pocos experimentan lo que realmente es cada uno.

La simulación protagoniza las palabras políticas con todo énfasis en las campañas pero después de las campañas y ya en el gobierno también el “arte” de aparentar predomina.

Es que según el autor de El Príncipe, la naturaleza de los pueblos es muy poco constante. Enfatiza que resulta fácil convencerlos de una cosa, pero es difícil mantenerlos convencidos. Hoy los pueblos son las audiencias, los que constituyen la opinión pública precisamente, y la opinión es cambiante, obedece a mil estímulos que no necesariamente se concilian con los hechos y con la

Hoy los pueblos son las audiencias, los que constituyen una opinión pública cambiante.

Es el reino del artificio y de la mutación permanente de la escena del poder que vira según los vientos que corren. Es la volatilidad de la opinión pública Nada o casi nada de lo dicho y prometido se sostiene en el tiempo. Aunque, también considera Maquiavelo, que quien desee el éxito constante debe cambiar su conducta según lo que indiquen los tiempos. Hay otra dimensión crucial y profundamente presente en la Argentina: la incertidumbre. No hay compromiso político en el que pueda creerse sin dudar.

“La promesa dada fue una necesidad del pasado; la palabra rota es una necesidad del presente”. Es difícil entender la Argentina, con o sin Maquiavelo, pero para comprender algo, hay que salir parcialmente de los atalayas teóricos, sin abandonarlos, y conocer las calles.

Hay que transitar por las zonas empobrecidas, por el barro profundo de las estribaciones conurbanas, donde hay hambre. Porque hay hambre. Hay que conocer cara a cara a los jubilados hundidos en la ausencia de destino y lejanos a todo bienestar.

Hay que conocer los comedores populares, hay que tomar los trenes y los colectivos atestados, hay que salir de las abstracciones y caminar por las realidades.

Y entonces in situ, se observará un mundo -mayoritario- en donde la política no es la proyección enunciada, sino la supervivencia diaria. El tiempo acuciante no se detiene en el análisis macro. Acontece cada instante como si fuera el último, porque es probable que cada instante sea el último.

Porque la pobreza y la enfermedad y la muerte suelen estar demasiado cerca. La corrupción produce pobreza, pero eso no es necesariamente verificado a conciencia por quien padece la pauperización. La necesidad pospone la mirada politológica.

Predomina la búsqueda de la vida a cada momento. Se desdibuja el futuro. Impera un presente perpetuo, y se multiplican las amenazas. Según Maquiavelo no hay nada más difícil de emprender, ni más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de administrar que la elaboración de un nuevo paradigma social y político.

Es muy difícil que la Argentina cambie en profundidad con todos los dramas que la convierten en una sociedad chapoteando en sinsabores. No es imposible que cambie. Porque nada es imposible cuando rige la imprevisibilidad. Maquiavelo aconseja al Príncipe huir de la adulación.

Quien gobierna requiere más de la crítica que de la obsecuencia. Sin embargo la aureola del poder fabrica obsecuentes.

El narcisismo político se expande y oscurece las necesidades del resto, y el gobernante se complace en sus propias obras Maquiavelo dixit- y un velo suele encubrirle los reales problemas. El gobernante también se “observa” a sí mismo en su propia apariencia con demasiada frecuencia y no en su inquietante realidad.

Lo real suele sustraerse a la percepción. Y lo real existe. Y en la Argentina lo real se parece demasiado a una ciénaga. Y nos traga como una anaconda que primero nos asfixia si no aprendemos a sortear la peligrosísima seducción de la barbarie