«Tu hijo te cae mal y saca de quicio porque tú has obedecido mucho a tus padres y él no te hace ni caso»

Diana Al Azem es profesora de Secundaria y creadora del portal ‘Adolescencia positiva’ desde el que ofrece a los padres herramientas muy útiles para educar a los jóvenes de forma consciente y constructiva. Recientemente ha visitado ABC para hablarnos de su libro ‘Adolescentes de la A a la Z. Aprende a vivir y a disfrutar la adolescencia positiva’.

En la portada de tu libro animas a los padres a que eduquen a sus hijos sin gritos, desafíos ni malas caras. Pero, ¿eso es posible?

Bueno, es posible, pero no es mágico. Lógicamente, tenemos que ir aprendiendo de nuestros propios errores, que a veces los cometemos con nuestros hijos cuando perdemos los nervios, la calma.

No hay varita mágica, pero es verdad que en la educación, las prisas no son buenas amigas. Por tanto, debemos tomárnosla con calma, con serenidad y, no echarnos la culpa por no poder hacerlo bien a la primera, sino que poco a poco, se podrá ir aprendiendo a evitar esas malas caras. No obstante, entender la adolescencia es muy importante para no perder los nervios con nuestros hijos, saber por qué se comportan de la forma que lo hacen…

Educación calmada… ¿Cómo se puede lograr en una vida tan estresante como la que llevamos actualmente?

En eso te voy a dar la razón. Es verdad que el ritmo de vida ha cambiado muchísimo desde que nosotros éramos adolescentes. Hoy el ritmo es frenético. En una familia trabajan padre y madre, los hay que están separados y tienen que llevar su casa ellos solos… Las situaciones han cambiado mucho y, además, nos enfrentamos también a un gran enemigo: el uso abusivo de pantallas.

Para los adolescentes supone una ventana mágica hacia el exterior y al final acaban teniendo problemas de autoestima, de enfermedades mentales, de ciberacoso, acceso a la pornografía… Vivimos en una etapa difícil, pero hay esperanza. Antes nadie nos hablaba de la inteligencia emocional, de cómo transitar las emociones, de cómo se desarrolla el cerebro del adolescente, de qué está pasando por su cabecita durante esta etapa… Sin embargo, ahora sabemos muchas más cosas que antes, lo que nos va a ayudar a transitar esta etapa desafiante de una forma más consciente.

Por todas las situaciones que estás comentando, da la sensación de que educar a los adolescentes hoy puede resultar más complicado. Pero en contraposición, tenemos más herramientas, ¿no?

Efectivamente, tenemos que aprovecharnos de eso. Se trata de que acudamos a expertos o accedamos a formaciones que nos ayuden a comprender a nuestros hijos. Esto es como una profesión. Nos han preparado muy bien en los grados, en las universidades para ser profesionales de cualquier cosa. Sin embargo, nadie nos ha preparado para ser padres de adolescentes.

Hay muchos libros, manuales, revistas sobre la infancia, los primeros pasos, la lactancia… Pero es verdad que sobre la adolescencia hasta ahora había muy poco. Es importante que estemos bien informados para poder transitar esta etapa.

¿Dónde se pueden informar y formar los padres?

Pues, por ejemplo, gracias a vosotros podemos dar a conocer todo este tipo de herramientas. También hay muchas formaciones presenciales, online, libros… En mi libro ‘Adolescentes de la A a la Z’ pretendo responder a las dudas que yo he recibido de muchos padres en relación a asuntos como el uso abusivo de pantallas, sobre sexualidad, peleas entre hermanos, conductas arriesgadas… y las he recopilado en este libro para que podamos entender qué es lo que está ocurriendo.

En tus páginas dices que para una buena convivencia es necesario un reajuste familiar. ¿Cómo se puede reconectar con un hijo adolescente que en la mayoría de los casos está encerrado en su habitación, con la puerta cerrada, y cuando se pasea por casa va con los cascos puestos?

En primer lugar tenemos que entender que es normal que se encierren en su habitación porque están en un periodo de exploración o de autoexploración. Necesitan mucho silencio para reflexionar sobre quiénes son. Es un periodo en el que requieren reafirmar su identidad, puesto que pasan de vivir bajo ese paraguas protector de los padres a empezar a buscar su camino. Tienen que buscar su camino. Se preguntan: quién soy, qué quiero hacer, cómo quiero aportar a la sociedad… Es un periodo de mucha reflexión.

De hecho, si volvemos a nuestra adolescencia, seguramente recordaremos esas horas muertas que nos hemos tirado mirando al techo de la habitación, tumbados en la cama, reflexionando sobre cosas que nos habían pasado en el día a día, en las relaciones con los compañeros, con los profesores… Hay que partir de la idea de que necesitan su espacio, estar solos durante mucho tiempo para poner en orden todas estas ideas y emociones.

Y, a partir de ahí, en el momento en el que salgan de la habitación, los padres no debemos echarnos encima de ellos para criticarles o recriminarles que si no sales, que si no estás con nosotros, que si estás todo el día encerrado…, porque entonces, al final, lo único que quieren es volver a encerrarse. Lo que esperan al salir de su habitación es encontrar alegría, bienestar y buen rollo. Hay que tenerlo en cuenta y hablarles de cosas cotidianas, de cómo nos ha ido a nosotros en el trabajo, de cómo hemos sobrellevado cualquier situación compleja del día, para que vean que los padres también tenemos dificultades.

Lo mejor es mantener un diálogo bidireccional y evitar preguntar sólo a ver qué nos cuenta porque me da la sensación de que uno de los errores de los padres es que intentamos hacer siempre de policías, con un interrogatorio para saber todo lo que les pasa, y eso a los adolescentes no les gusta. Nada. Yo siempre les digo a los padres no hagan más de tres preguntas seguidas, porque se lo toman mal, como que estás invadiendo su intimidad. Los adolescentes quieren tener sus propias cosas y piensan que los padres no tienen por qué saberlo todo.

De hecho, si entendemos un poco el cerebro del adolescente, sabremos que está programado para rechazar a los padres. Por lo tanto, casi todo lo que venga de mi padre o de mi madre va a ser rechazado por mí. Por mucha razón que tenga, lo voy a ver como «ya está el pesado de mi padre o la pesada de mi madre. Dejadme en paz. Quiero resolver mis asuntos».

Al final se trata de que nosotros, como madres o padres, sepamos transitar este duelo, porque en el fondo es un duelo. Hemos perdido a ese niño pequeño que se echaba a nuestros brazos cuando salía del colegio y ahora tenemos una persona que ni nos dirige la palabra ni nos mira a la cara. Por eso, de alguna manera, es un duelo. Esto pasa, pero no dura para siempre.

Los padres tenemos que aceptar esta etapa de nuestros hijos y, a partir de ahí, comunicarnos con ellos, pero no de una forma amistosa porque no somos sus amigos. No nos olvidemos que somos sus padres y que tenemos que poner normas y límites, pero sí deben ver que les entendemos porque de jóvenes hemos pasado por su edad.

Hay algo que también mencionas en tu libro que me llama la atención porque se habla muy poco de ello. Aseguras que hay padres que llegan a reconocer «mi hijo adolescente me cae mal». ¿Hasta qué punto esto es normal?

Es normal, claro. A ninguno nos gusta sentir que nuestros hijos de pronto nos lleven la contraria. Nos gusta llevar la razón. Venimos, en la mayoría de los casos, de una educación bastante estricta en la que no se nos ha dado voz ni voto cuando hemos sido niños o adolescentes. Siempre nos decían «tienes que respetar a los mayores. No respondas, no contestes, no digas, no, no..». Nos hemos callado mucho. ¿Qué pasa? Que ahora hemos llegado a la adultez y toda esa represión de varios años de alguna forma sale y les decimos: «Oye, tú eres el menor, tienes que obedecerme, hacer lo que yo digo…». Y, claro, cuando eso no se cumple, no nos gusta porque nosotros sí hemos obedecido mucho a nuestros padres, pero nuestros hijos no nos obedecen. No nos gusta encontrarnos con alguien que se rebela contra nuestras ideas. El tema de la autoridad es un asunto muy sensible.

¿Cómo se puede conseguir, si es posible con los adolescentes, que respeten a la autoridad de los padres cuando quizá no lo han hecho más pequeños?

Aquí cabría diferenciar entre autoridad y autoritarismo. Un padre autoritario o una madre autoritaria es alguien que no permite a sus hijos dar su opinión, ni responder, ni pensar de forma diferente. Es el que asegura «aquí se hace lo que yo digo porque soy tu padre, porque soy tu madre y no hay más que hablar».

Sin embargo, un padre o madre con autoridad, es alguien que de alguna forma es admirado también por sus hijos, aunque tengamos esos momentos en que chocamos con ellos, pero tú en el fondo sientes que tu hijo admira lo que haces, cómo te comportas, cómo eres como persona, como profesional, como ser humano…, aunque no lo demuestre en muchas ocasiones.

Si conocemos un poquito a nuestros hijos sabremos perfectamente si somos para ellos una autoridad o no. Hay que permitirles dar su opinión, escucharles…

Pero hay ocasiones en que sueltan frases como «¡Papá, te odio!». ¿Cómo reaccionar ante este tipo de afirmaciones?

Por supuesto, con calma. No perdamos los nervios porque muchas veces tenemos que tener en cuenta que los adolescentes todavía no saben regular sus emociones. Al final, las únicas herramientas que tienen para comunicar su frustración es verbalizándolas de esta manera. No quiere decir que nos odien, pero sí que a lo mejor en ese momento tienen una explosión, que no saben cómo manejar, y es lo primero que les sale.

Entonces, debemos mantener la calma, no tomárnoslo como algo personal, sino saber que es producto de una reacción que no puede controlar, y esperar a que esa explosión emocional se relaje.

Si hay que esperar unas horas, o incluso uno o dos días, pues también, y ya hablar con ellos tranquilamente. Preguntarles qué les ha pasado, que nos explique que quizá tuvo un mal día o se sentía frustrado por algo… Y aprovechar para decirles que no nos gusta que nos hablen así. Que nos hace sentir mal. No hay que victimizarse tampoco, pero por supuesto, hay que hacerles saber que no nos gusta que nos hablen de esa manera.

El tema de los móviles es un motivo de preocupación y discusión en muchos hogares. En tu libro apuntas que hay pocos adolescentes que no tienen dependencia del móvil, que la mayoría están enganchados a estos dispositivos. ¿Mal de mucho consuelo de tontos? ¿Qué podemos hacer?

Desde aquí me gustaría lanzar un mensaje para todos aquellos que todavía no hayan dado un móvil a sus hijos y es que, por favor, tarden el mayor tiempo posible en dárselo y que cuando lo hagan, por supuesto con un contrato en el que se especifiquen las normas a seguir sobre su uso. Y no se trata sólo de que pueda usarlo dos horas al día. Son muchas más cosas.

Es importante que los padres estemos formados en competencias digitales porque veo en los alumnos de Secundaria auténticas barbaridades como el ciberacoso, o que cuando comparamos las horas que llevan usando el móvil, muchos de ellos pasaban hasta 12 horas diarias delante de una pantalla. ¡Una barbaridad! También deben tener mucho cuidado con los anuncios pornográficos que invitan al menor a visitar ese tipo de páginas también, a no hablar con desconocidos al pensar que son chavales de su edad porque resulta que después es un señor de cuarenta años…

Son muchos y muy importantes los aspectos que los padres debemos tener en cuenta, por lo que debemos formarnos en competencias digitales para poder transmitir mensajes correctos a nuestros hijos.

A los padres que sus hijos ya han entrado de lleno en el uso móvil les va a resultar un poquito más difícil porque al final es una adicción. Para mí es la droga silenciosa del siglo XXI. Es como si abrimos una barra de bar en nuestra casa y damos vía libre a nuestros hijos para que se pongan todos los chupitos que quieran. Creo que hay que empezar a controlar esto ya y muy seriamente.

Los padres también se enfrentan a que sus hijos tengan pareja a edades tempranas, como a los doce años. ¿Cómo se maneja esto en casa?

Habría que ver qué necesidad hay detrás de esa precocidad porque hay veces que se trata de chavales que no han sido lo suficientemente atendidos o no se han cubierto sus necesidades afectivas dentro del hogar y, por lo tanto, necesitan buscarlas fuera de casa.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que estamos inundados de series juveniles y películas donde chavales de muy corta edad empiezan a mantener relaciones sexuales. Se llega a normalizar entre los adolescentes.

El consumo de pornografía también invita a los chavales a empezar a mantener relaciones sexuales cada vez antes y, además, relaciones muy poco sanas, bastante violentas, incluso con connotaciones muy machistas… Cada vez vemos casos de adolescentes muy precoces y, no voy a echarle toda la culpa a las pantallas, pero creo que influyen. Y bastante.

Otra batalla de los padres es que un hijo les diga «ya no quiero estudiar»

Aquí se juntan varios factores. Por un lado, el sistema educativo, la metodología, tiene que evolucionar. La sociedad ha evolucionado mucho y, sin embargo, el sistema educativo parece que no termina de arrancar. La metodología, para empezar, debería de cambiar. No creo que sea ni sano tener a un chaval seis horas sentado en un pupitre, porque los adolescentes necesitan mucho movimiento.

Y, por supuesto, de nuevo volvemos a las pantallas. Los profesores que explicamos en una pizarra, no emitimos esos colores, esas músicas, bailes o emoticonos tan llamativos que ven en las pantallas. Un adolescente que tiene que escuchar durante seis horas a seis profesores diferentes se aburre absolutamente. Pierde la concentración, no le interesa nada de lo que está diciendo.

También creo que sería necesario que los adolescentes empezaran a ver para qué están haciendo lo que hacen, para qué les sirve. El otro día, sin ir más lejos, me senté con mi hijo a explicarle los algoritmos en matemáticas y, claro, él mismo me decía ‘¿pero yo para qué quiero saber esto?’. Al final, muchos padres no sabemos qué responder ante cuestiones de este tipo, pero yo sí que tengo una respuesta y es que está entrenando una parte del cerebro que, en este caso, es la resolución de problemas. Pero hay muchos padres que no sabrían qué responderle o les dirían ‘pues tienes razón, ¿para qué quieres saber hacer raíces cuadradas?’. Por ello, creo que sería interesante que a los adolescentes se les respondiera a sus dudas: ¿Para qué estoy haciendo esto? ¿Para qué me va a servir?…

Mientras leía atentamente tu libro, se me acercó un adolescente interesándose por lo que ponía en las páginas. Le comenté que qué le gustaría que te preguntara. Aquí va su cuestión: ¿Qué se puede hacer cuando tu grupo de amigos quiere hacer algo y tú no estás de acuerdo? ¿Cómo actuar ante esa presión de grupo, tomar tu propia decisión y no acceder a lo que ellos quieren?

Pues me parece una pregunta muy inteligente por parte de ese adolescente. Es verdad que hay muchos chavales que se enfrentan a esa presión social de que todos quieren ir a una, pero tú eres diferente. Siempre les digo a mis hijos que, al igual que otros chavales tienen el poder de arrastrar a una multitud hacia un lugar, nosotros también podemos tener o ejercer ese poder de atracción de decir «Oye, yo creo que por aquí no debemos ir. Creo que debemos ir por otro lado». Seguramente encontraremos muchas sorpresas porque la mayoría de los adolescentes no se atreven a llevarle la contraria al líder del grupo, pero poco a poco sí que van saliendo personas que lo van pensando, lo van meditando y van diciendo «bueno, voy a ir identificando hacia dónde quiero ir y hacia dónde no. ¿Cuál es mi camino?»

Hay que tener mucha personalidad en la adolescencia para llevarle la contraria al grupo en general, por supuesto. Es importante decir a ese adolescente que no tiene por qué sentirte mal por el hecho de llevar la contraria. Debe sentirte muy orgulloso por tener sus propias ideas y preferencias y hacérselo saber al resto del grupo.

Esto es muy típico cuando le ofrecen el primer cigarro o la primera bebida con alcohol. Y es importante que los adolescentes sepan decir no, pero para saber decir no a los amigos tienen que haber aprendido a decir no a los padres. Por lo tanto, desde casa somos nosotros quienes les enseñamos a ser asertivos y saber decir «por aquí no».

¿Pecamos los padres de no decir cosas buenas que tienen los adolescentes?

Sí, pero no nos podemos culpabilizar tampoco, porque es verdad que queremos hacerlo lo mejor posible. Y para ello acabamos centrándonos en lo que está mal porque no queremos que repita nuestros mismos errores. No queremos que se equivoque, que sufran. Al final es un acto de amor hacia ellos, y darles espacio no es abandonar a un hijo. Dar espacio es también querer a un hijo, y es importante tenerlo en cuenta a la hora de educarles.