Democracias híbridas y autocracias de audiencias

Desde el surgimiento de las sociedades como las conocemos, los dirigentes políticos han recurrido al populismo. El subcontinente ha visto varios liderazgos carismáticos como Getulio Vargas y Joao Goulart en Brasil o Juan Domingo Perón y los Kirchner en Argentina.

En los albores de la democratización en los ‘80 y 90’s del siglo pasado la región presenció una metamorfosis de los liderazgos y de la democracia. Sería incorrecto negar la existencia del populismo desde hace siglos, antes se lo concebía como forma para acceder al poder, pero ahora se ha vuelto en una técnica para conservarlo. Esto no ocurrió por generación espontánea, sino que se dio cuando la democracia liberal se transformó en una democracia de audiencias.

Según el politólogo Bernard Manin, la democracia de audiencias es el modelo en el que los partidos y agenda de gobierno son relegados a un segundo término, mientras que la candidatura que contiende por un cargo adquiere relevancia por su estridencia política. Este fenómeno surge a partir de la liberalización económica y la masificación de los medios de comunicación. Inclusive Giovanni Sartori lo llamó la sociedad teledirigida en su libro Homo Videns, donde explica cómo la democracia adquiere similitudes con los programas televisivos.

América Latina ha sido testigo de gobiernos que ejercen el poder a través del populismo para mantener la aprobación. México es un buen ejemplos con un presidente que diariamente realiza conferencias para fijar la discusión en la opinión pública. Otro es El Salvador, donde Bukele utiliza las redes sociales y medios de comunicación tradicionales como altavoces de su gobierno y ha llegado al extremo de convocar manifestaciones a través de redes sociales.

En el modelo de audiencias, el líder político asume el rol de emisor y sus seguidores son los receptores. A pesar de que Manin se refiere a las democracias de audiencias, en Latinoamérica concibo un nuevo modelo que puede denominarse autocracias de audiencias. La autocracia es la deformación de un régimen político que se moldea a imagen y semejanza de un líder; tienden a no ser democráticos.

La Venezuela chavista (1999-2013) transitó de una democracia liberal a una autocracia de audiencias. En ese entonces Hugo Chávez apostó por los programas de radio y televisión; sus apariciones contando chistes, cantando o ejercitándose fueron técnicas que encantaron a sus simpatizantes.

Otro país que funciona como una autocracia de audiencias es Nicaragua. Este caso llevó más tiempo, pero desde el segundo mandato de Daniel Ortega, que inició en 2007, se realizó una producción profunda en el sentido televisivo de la palabra. Muchos recordaban al comandante vestido de verde olivo y grandes lentes, pero a partir de entonces comenzó a vestirse de civil y principalmente de blanco para enviar un mensaje de paz.

El orteguismo no podría sostenerse sin el apoyo de la primera dama, Rosario Murillo, coordinadora de Comunicación y hoy vicepresidenta. Ella ha sido la responsable de construir el mensaje y el discurso ya no de la Revolución Sandinista, sino de los logros que ha traído y la necesidad de mantenerla.

Como vemos, los presidentes no necesitan demostrar resultados en el ejercicio del poder cuando logran imponer su realidad, pero no debemos olvidar que las agendas deben tener un papel central en la vida democrática.

Los problemas de las naciones se resuelven con medidas coherentes, técnicas y datos duros, no a través de bailes, descalificaciones y redes sociales. Se puede simpatizar con un personaje, pero la democracia y el pluralismo no puede reducirse a su voluntad.w

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